sábado, 4 de diciembre de 2010

Preparad el camino (Mt 3, 1-12)


La predicación del Bautista, con su potente invitación a la conversación y a la penitencia, es para todos los evangelistas quien introduce la predicación de Jesús. Según la presentación de Mateo, el Bautista no lanza sólo una invitación a la conversión, sino que proclana antes el acontecimiento que hace posible la misma conversión: "Está cerca el Reino de los cielos". Para que pueda generarse el gran movimiento del pueblo que sale de sus casas para dirigirse al Jordán a confesar sus pecados, es necesario que se base en la certeza inquebrantable de que Dios quiere reinar, que Él está actuando realmente en este mundo y desea colmar la existencia de las personas, arrancando de cuajo la raíz de los males humanos: el pecado, las enemistades, los egoísmos. Hoy pueden enderezarse los senderos porque Dios lo quiere y lo hace posible.
El bautismo por inmersión en el Jordán aparece como signo visible de la voluntad sincera de acoger esta cercanía de Dios. Por eso es necesario evitar todo tipo de hipocresía. Mateo pone en escena a fariseos y saduceos, que piden el bautismo sin las disposiciones adecuadas: "Raza de víboras", el bautista pide abandonar la hipocresía o tentativa de engañar a Dios, porque a Dios no se le puede engañar; sobre todo no se puede confiar en una justicia que proceda del mero pertenecer a la sangre o al pueblo de Dios: "No digáis: somos descendientes de Abrahán".
Pero el Bautista es también consciente de su propia insuficiencia: sus palabras son auténticas y enardecidas, pero no valdrían para nada si no viniera otro que de verdad "bautizara con Espíritu Santo".
(Lectio divina para cada día del Año, evd)
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