viernes, 15 de enero de 2010

Sin respuestas, pero con lágrimas (Haití)

En estos momentos, mi mente no sabe que decir ni que escribir y mi corazón está confuso, por eso, ante esta tragedia de Haití, os presento una poesía - oración que circula por algunos blogs católicos,escrita por el sacerdote valenciano Antonio Díaz-Tortajada, espero que las disfrutéis, la reflexionéis y la hagáis vida. Un fuerte abrazo de solidaridad y cercanía al pueblo de Haití, especialmente a mi hermano Ulrick, miembros de este pueblo afectado por la catástrofe.

Señor:

¿Dónde estabas?

¿Y dónde estás ahora?

¿Dónde te podemos encontrar?

¿Dónde estabas cuando la gente sufría?

¿Dónde estabas cuando sucedió el terremoto?

Son las preguntas que te hago, Señor,

cuando mis pensamientos se ofuscan

al contemplar tanto dolor y tanta tragedia;

tanto edificio derrumbado y tantos muertos por las calles.

Ante el terremoto,

no solo ha temblado la tierra sino también los corazones.

Señor:

No estabas lejos de tantos hermanos nuestros;

estabas en cada persona

y morías cuando moría un hermano nuestro

aplastado por los escombros

o por el vaivén de la tierra movediza.

Y siempre, Señor, sufren las catástrofes los mismos,

y siempre sufren las destrucciones los mismos,

y siempre mueren los mismos.

Miles de heridos,

miles de muertos

y muchísimos más los damnificados.

Y en el horizonte:

Un futuro incierto.

Las escenas son aterradoras:

Dolor y llanto sin consuelo por los muertos,

familias enteras que han desaparecido.

Basta lo dicho para poner en palabra una gran tragedia

y un gran sufrimiento

El terremoto no es, pues,

Señor, sólo una tragedia,

sino que es también una radiografía del país.

Muy mayoritariamente mueren los pobres,

quedan soterrados los pobres,

tienen que salir corriendo

con las cuatro cosas que les quedan los pobres,

duermen a la intemperie los pobres,

se angustian por el futuro los pobres,

encuentran inmensos escollos

para rehacer sus vidas los pobres.

Señor:

La tragedia ha sido grande para los pobres.

Y en medio de la tragedia la vida sigue pujando,

atrayendo y moviendo con fuerza.

Y junto al impulso del propio vivir,

surge también la fuerza de la solidaridad

Es la santidad del sufrimiento.

Puede sonar exagerado,

pero ante estos pobres,

quizás podamos repetir lo que dijo el centurión ante Jesús crucificado:

“Verdaderamente éstos son hijos e hijas de Dios”.

En los pueblos sufrientes, crucificados

Señor:

¿Dónde estabas?

¿Y dónde estás ahora?

¿Dónde te podemos encontrar?

¿Dónde estabas cuando la gente sufría?

¿Dónde estabas cuando sucedió el terremoto?

Las preguntas siguen resonando:

También las hizo Jesús,

y Pablo tuvo la audacia de responder: En la Cruz.

Dios está en entre los escombros de las ciudades rotas,

refugio de damnificados sin nada.

Dios está entre los muertos y destruidos

por la rabia de la tierra que se balancea a su antojo.

Señor:

La mayor esperanza es seguir caminando,

practicando la justicia y amando con ternura.

En este sentido,

ojalá la solidaridad ayude a reconstruir una nueva historia

pero sobre todo personas y pueblos;

ayude a reparar caminos,

pero sobre todo modos de caminar en la vida;

ayude a construir templos, pero sobre todo pueblo de Dios.

Ojalá la solidaridad dé esperanza a este pueblo que sufre y muere

Con ella ya encontrará la gente modos de valerse por sí misma.

Ayúdanos, Señor.

Amén.

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